6 II. Un Análisis Dialéctico Del Auge y la Decadencia de la Excelencia en la Universidad


Hemos examinado en la sección anterior dos elementos claves de la realidad dinámica: el egocentrismo y el liderato autoritario ilustrado.  Estos dos elementos nos servirán para realizar nuestro análisis en ésta sección.  A tono con ello examinaremos tres instantes de la realidad dinámica por la que nuestra Universidad ha pasado.

 

1.       La Universidad en un momento de excelencia académica con un liderato autoritario ilustrado (Jaime Benítez).

 

2.       La Universidad en un momento de excelencia académica con un liderato democrático (Abraham Díaz González)

 

3.             La Universidad en un momento de mediocridad con un liderato democrático (Fernando Agrait).

 

Habiendo fundamentado la existencia de un comportamiento egocentrista entre nosotros, en el cual las acciones individuales giran alrededor de la satisfacción de los intereses personales y no los del colectivo, podemos pasar a considerar el primero de los instantes de la realidad dinámica que deseamos estudiar.

 

¿Qué es lo que ha producido que la Universidad alcance una posición de excelencia durante las décadas del 1950 y 1960, al punto de estar entre las primeras en América Latina, y que es lo que ha producido su estado de decadencia y mediocridad actual? 

 

2.1   La Universidad bajo  un Liderato Autoritario Ilustrado en un  Ambiente de Efervescencia Intelectual (1947-1966)

 

Ahora tenemos todos los elementos necesarios para analizar dialécticamente el auge y la decadencia de la excelencia en la universidad.  Durante la incumbencia de Jaime Benítez la universidad creció en excelencia.  En él se aunaban las características necesarias en un líder para que esto ocurriese.  Era carismático, autoritario y era ilustrado, es decir, amaba la inteligencia y la buscaba donde quiera que estuviese.  Era liberal de manera que defendía el pensamiento disidente y el derecho a las ideas distintas.

 

Tales condiciones tienen su antítesis o contradicción interna.  La inteligencia está asociada al pensamiento y las ideas radicales.  La inteligencia repudia el autoritarismo.  En consecuencia, mientras más éxito tenía ese autoritarismo para reclutar lo mejor de la inteligencia nacional y del exterior, mayor era la contradicción que generaba.

 

Nunca ha habido en la universidad más profesores radicales o independentistas que durante la incumbencia de Jaime Benítez.  Esto se debe a que su interés por la excelencia lo llevaba a reclutar lo más granado de la inteligencia en la sociedad, sin importar consideraciones políticas o ideológicas.  Ocurre que la inteligencia y la intelectualidad están asociadas a las ideas y el pensamiento radical de izquierda, así como el liberal, lo que en Puerto Rico está asociado a su vez con la independencia.  No es que no existan mentes brillantes o intelectuales de pensamiento conservador y de derecha.  Los hay.  No obstante, hay que reconocer que la proporción mayor de dicha inteligencia se inclina hacia el pensamiento liberal o de izquierda. 

 

Por eso no es de extrañarse que durante la incumbencia de Jaime Benítez la Universidad se nutriera de este tipo de pensador.  Mientras mayor era la excelencia en el profesorado universitario que Jaime Benítez permitía y propiciaba reclutar, mayor era su impopularidad como rector y luego Presidente.  De hecho, muchos de sus detractores eran personas que habían sido favorecidos por él.  Mientras mayor era la excelencia académica mayor era la contradicción entre el producto y lo que creaba ese producto, el liderato autoritario ilustrado de un administrador cuyo compromiso era con la inteligencia y con la excelencia académica.  El resultado era inevitable.  El clamor de la comunidad universitaria para que se remplazara el liderato autoritario por uno democrático finalmente fue oído.

 

A diferencia del líder político que con los elementos carismáticos y autoritario tiene la capacidad, con el resultado de su acción política, de granjearse la admiración y el cariño de las multitudes (el caso de Muñoz Marín) el líder académico produce los elementos que son la antítesis de su condición de autoritario, la inteligencia (el caso de Jaime Benítez).  El presidente de la Universidad tiene que estar consciente  que el ser un buen presidente, implica perder las simpatías y el favor de aquello que más se ama y de aquellos a quien más se ama: la inteligencia y los portadores de ella.

 

El hecho de que el posterior presidente de la universidad Fernando Agrait renunciara porque no soportaba la idea de ser criticado cuando tomaba decisiones con el objeto de proteger el interés de toda la institución, revela su falta de comprensión sobre lo que la situación requiere de un líder.  Mientras se dedicó a tratar de agradar a la gente y a conceder lo que se le pedía, la Universidad era toda armonía y paz.  Pero nada se hacía para sacarla de su estancamiento.  Cuando se dispone a tomar decisiones pensando en la colectividad, ocurre lo inevitable: es criticado y renuncia.  Todo presidente debe saber que ser un buen presidente implica generar  los elementos que habrán de comer sus propias entrañas.  El buen presidente correrá la suerte de Prometeo.

 

2.2   La Universidad bajo  un Liderato Democrático en un  Ambiente de Efervescencia Intelectual

 

Habíamos acordado aplicar el análisis dialéctico anterior a tres situaciones históricas distintas.  Veamos ahora el caso de una universidad donde hay excelencia y efervescencia intelectual pero el liderato es democrático.  El caso de la incumbencia de Abraham Díaz González como rector del recinto de Río Piedras es representativo de esta situación.  Se trata de un líder que tiene todos los atributos excepto uno, el de propiciar un liderato autoritario.  Era carismático, amaba la inteligencia y la buscaba, defendía el derecho a la disensión.  No obstante su liderato era de tipo democrático.  Con él empezó la decadencia del recinto de Río Piedras, lo que eventualmente se extendió a toda la Universidad.  Atacado por todos los sectores de derecha e izquierda no dura mucho tiempo.  La izquierda no podía ver en ese entonces, como no vio en Jaime Benítez, un aliado que era consubstancial al propio crecimiento de la izquierda en la Universidad.

 

2. 3  La Universidad bajo  un Liderato Democrático en un Ambiente de Decadencia

 

Analizamos la tercera situación.  Una universidad donde no hay excelencia y el líder no es autoritario, pero posee todos los demás atributos.  El caso de Fernando Agrait es similar al de Díaz González.  Ambos son carismáticos, de liderato democrático, aman la inteligencia y la buscan, y defienden el derecho a la disensión.  Sin embargo la suerte de Agrait fue distinta a la de Díaz González.  Agrait pareció disfrutar el comienzo de un periodo de tranquilidad y armonía.  Hay dos razones para ello.  En primer lugar el periodo en que le toca presidir es de decadencia y ausencia de efervescencia intelectual lo que según el modelo teórico que acabamos de esbozar predeciría que tendería a aminorar las críticas.  En segundo lugar, Agrait se dedica mediante el ejercicio de su liderato democrático a tratar de agradar a todo el mundo.  Mientras no cuestionaba el derecho de cada cual a ser lo que quería todo era armonía, pero no estaba haciendo nada para sacar a la universidad de su estancamiento.  Cuando tratan de hacer algo por la Universidad y en consecuencia cumple con su función ministerial de velar por los intereses del pueblo de Puerto Rico, del colectivo, esto choca con los intereses de los distintos sectores fuera y dentro de la Universidad que resienten esta autoridad.  Se indispone con los políticos que violan la autonomía universitaria la cual el trató de defender inútilmente y con los universitarios que resienten la imposición de dejar de velar por los intereses propios y comenzar a velar por los del colectivo.

 

Es decir, cuando la propia realidad se encarga de demostrarle a Agrait que mediante el diálogo racional y la exhortación para cumplir con el deber no va a conseguir que los sectores universitarios dejen de velar por sus propios intereses y comiencen a velar por los del colectivo, cuando advierte que nadie está dispuesto renunciar voluntariamente a su propia conveniencia, al comportamiento egocentrista (lo que resulta sorprendentemente ingenuo de su parte) entonces tratar de imponer su autoridad.  El liderazgo autoritario surge así como algo impuesto por la propia necesidad de la circunstancia y no por una determinación suya.  No fue resultado de una estrategia administrativa, sino de la encerrona que le creó la circunstancia de tener que decidir entre seguir cultivando la simpatía y no hacer nada por la Universidad o renunciar a las simpatías y velar por los intereses del colectivo.  Él se decidió por los segundo, pero puesto que en su fuero interno no estaba psicológicamente preparado para ser un líder autoritario, terminó claudicando a su responsabilidad para con el pueblo y prefirió renunciar.

 

En este proceso de empezar a hacer algo por sacar a la Universidad de su estancamiento Agrait cometer dos errores.  En primer lugar tratar de hacerlo mediante el ejercicio de un liderato democrático.  En segundo lugar no advierte que el poder para promover cambios en la Universidad no reside en el Presidente sino en el gobernador y en la legislatura.

 

En cuanto a lo primero cabe hacerse la pregunta: ¿Podía Fernando Agrait, mediante el ejercicio de un liderato democrático, sacar a la Universidad de su decadencia?  La respuesta es no.  El motivo que ofrece Agrait para renunciar revela un total desconocimiento de la naturaleza del problema que tenía en sus manos y que hemos tratado de delinear.  El renunciar por no soportar ser criticado en un país como el nuestro es enajenación.  El cuerpo universitario convulsaba en críticas anárquicas e insatisfacción precisamente por la necesidad aguda de un líder con autoridad que fuera capaz de poner la casa en orden.  Un líder capaz de obligar el que cada cual deje de atender sus propios intereses y comience a atender los del colectivo, los de la excelencia académica.  ¿Y qué hace el presidente?  Aumentar las respuestas que precisamente causan el problema.  Les pide que no lo critiquen; que le den un voto de confianza.  Los amenaza en varias ocasiones con renunciar si continúan criticándolo.  Finalmente, al éstos persistir en las críticas, cumple su promesa.  Los llama a la cordura y al diálogo civilizado para beneficio de la Universidad esperando que el orden surja, no de la imposición del líder, sino de la espontaneidad del comportamiento individual.

 

El presidente nunca descubrió que cada respuesta suya era una fuente que alimentaba más inestabilidad, más críticas y más insatisfacción en la Universidad.  El negarse a asumir el rol del líder que le correspondía causaba más incertidumbre entre sus subalternos y la Universidad andaba al garete sin orientación, sin dirección.  Lo mismo ocurrió con Abrahám Díaz González. Pero Agrait nunca entendió, ni siquiera percibió esta lección de la historia y es por ello que tuvo que repetirla.  La razón por la cual no le fue tan mal como a Díaz González fue porque a éste último le tocó dirigir la rectoría de Río Piedras en un momento de efervescencia intelectual, en donde si bien había comenzado la decadencia no había llegado a los niveles en que se encontraba cuando Agrait presidía la Universidad.  En consecuencia, los ataques, las críticas, la insatisfacción a la que se vio expuesto Díaz González eran mucho más virulentas que a las que se vio expuesto Agrait. 

 

El liderato democrático, dada nuestra idiosincrasia, nunca ha funcionado entre nosotros.  Agrait, a diferencia de Benítez, parece desconocer totalmente esta realidad y sucumbe ante ella víctima de su propio desconocimiento de la circunstancia social con que brega.  Si el liderato democrático de Agrait hubiese sido exitoso en reclutar lo mejor de la inteligencia y en propiciar un ambiente académico de excelencia, cosa que, como hemos tratado de demostrar, no es posible bajo este tipo de liderato, sus críticas hubiesen sido mucho más numerosas y amargas y su caída más estrepitosa.

 

En unas declaraciones para el periódico Diálogo, Agrait señala entre sus logros haber fortalecido la Autonomía Universitaria y además espera que con su renuncia haya contribuido a que la sociedad perciba que no tiene sentido seguir revolcando las diferencias.  Esto es también equivocado.  La autonomía Universitaria no ha sido fortalecida durante su incumbencia ya que no está en las manos del presidente la capacidad para fortalecer dicha autonomía.  En cuanto al propósito por el cual renuncia nos remitimos a la propia respuesta con que el periodista que lo entrevistó, Luis Fernando Coss, lo sentenció:

 

Está por verse si su renuncia contribuye o no a la propuesta de una sociedad solidaria, si es posible asumir el rol de una figura pública y no estar dispuesto a los días amargos que ofrecen los debates estériles y desproporcionados….

 

Obsérvese que la presencia del liderato autoritario no es la condición que garantiza el comienzo de un largo camino hacia la recuperación de la excelencia.  Puede haber, como ha habido de Agrait para acá, incumbentes de liderato autoritario no ilustrado, sin que por ello se haya iniciado el camino hacia la excelencia.  Es necesario que estén presentes en el líder las otras características como la de ser ilustrado y, además, tener valores.